lunes, 21 de junio de 2010

Delivery Unit Chileno - Publican este Posteo en el Diario Financiero de Hoy


El gobierno ha anunciado la creación de una unidad especial de cumplimiento (UEC) de los resultados o impactos prioritarios en la agenda política del gobierno, como también de su adecuada entrega e implementación.

Si bien considero que debe aplaudirse cualquier esfuerzo orientado a vincular los programas de gobierno con el mejoramiento de la efectividad y calidad de las políticas públicas (PP) y los sistemas de provisión de bienes públicos (BP), no es menos cierto que esta iniciativa también posee algunos riesgos que creo importante destacar.

La UEC no sólo estarán orientada a asegurar la efectividad de las PP sino que también a monitorear la calidad y eficiencia de los proceso que conforman los mismos. En este sentido, cabe destacar que la UEC influirá verticalmente en la forma en que se implementan las PP, lo que a la larga podría generar tensiones con las direcciones intermedias de los diferentes ministerios y divisiones sectoriales, que requieren justamente mayor discrecionalidad y capacidad para gerenciar sus misiones institucionales y mandatos políticos.

Así pues, la UEC dentro de su lógica de resultados y calidad, podría verse inclinada a controlar y limitar esta discrecionalidad, materializando en una suerte de micro-gerencia política que obstaculice las operaciones de los directivos públicos intermedios en la generación productos y servicios que contribuyan efectivamente a la consolidación de los impactos o resultados valiosos que la agenda del ejecutivo les encargue.

Es sabido que la autonomía gerencial es una condición elemental para una mejor entrega de BP, y un mecanismo esencial para la rendición de cuentas (accountability), por lo que creo que si bien la UEC puede a la larga transformarse en un medio eficaz para lograr resultados e impactos valiosos, resulta fundamental que el mismo no sólo se oriente hacia esa concreción sino que también a la promoción y consolidación de mayor discrecionalidad y capacidad gerencial a lo largo de la base operacional del gobierno central y de nuestros gobiernos locales.

jueves, 17 de junio de 2010

Problemas "retorcidos" para una Administración inteligente

La gestión pública se caracteriza por su elevada complejidad. No creo que a estas alturas haya demasiadas dudas sobre esta afirmación. Dicha complejidad se debe a muchos factores pero hay uno de ellos que sobresale de los demás: la gestión pública se enfrenta a problemas "retorcidos" (wicked problems) y tiene por objeto dar una respuesta a los mismos. El artículo

Problemas "retorcidos" en la política pública del profesor Brian Head es sumamente interesante para entender el concepto y descubrir soluciones.Un problema "retorcido" es aquel que no puede definirse con claridad, carece de solución definitiva en términos de verdadero o falso, se afronta de una vez y no existe oportunidad de aprender por el método ensayo-error. Para su resolución no es suficiente con los tradicionales enfoques técnico-racionales basados en metodología, análisis y planificación. De hecho, no existe un único enfoque en abordarlos y, a menudo, los resultados son poco visibles o se presentan a largo plazo. Este es el tipo de problema al que suele enfrentarse la gestión pública y para ello tiene sus instrumentos. El propio profesor Head apuesta por profundizar en un cambio conductal sostenido a la hora de gestionar mediante la "colaboración" como una respuesta a la "complejidad social".En una línea que puede converger con esta aproximación se encuadra la idea de Administración inteligente . El filósofo José Antonio Marina ha estudiado el concepto de inteligencia en el ámbito de las organizaciones, llegando a dos conclusiones:

Que la inteligencia práctica es superior a la teórica: la gran creación de la inteligencia no es la ciencia, ni el arte, sino la ética, que es la culminación de la inteligencia práctica, la que aspira a solucionar los más complejos problemas "retorcidos". Es necesaria, por tanto, su incorporación a la gestión pública.

Que la inteligencia individual se da siempre en un entorno social, que la estimula o la deprime: de la interacción entre inteligencias emergen fenómenos nuevos, una inteligencia imprevisible, que es más o menos la suma de inteligencias personales.

Colaboración, dimensión ética y condiciones de trabajo con nivel afectivo. Tres recetas que bien pueden servir para una gestión pública de éxito, en la que los problemas "retorcidos" acaben siéndolo menos.

Problemas Torcidos (wicked issues)

Problemas que son resistentes a soluciones tradicionales.

No pueden ser tratados exitosamente con aproximaciones tradicionalmente lineales y analíticas.

Los problemas torcidos son difíciles de definir con claridad. Su naturaleza y extensión es muy subjetiva.

Los problemas torcidos poseen interdependencias y son por lo general multi-causales.

Intentos de solucionar problemas torcidos por lo general gatillan consecuencias inesperadas.

Los problemas torcidos son generalmente inestables.

Los problemas torcidos no poseen soluciones claras.

Los problemas torcidos son socialmente complejos.

La solución a los problemas torcidos jamás es de exclusiva responsabilidad de una sola organización pública y por ende requieren de colaboración intersectorial.

Para solucionar los problemas torcidos deben confirmarse cambios en el comportamiento de los ciudadanos.

Algunos problemas torcidos se caracterizan por generar el fracaso crónico de las políticas públicas que buscan soluciones a los mismos.

Ejemplos de problemas torcidos:

1. Obesidad
2. Cambio climático
3. Desventajas de pueblos originarios
4. Degradación de la tierra
5. Delincuencia

jueves, 20 de mayo de 2010

Me publican Carta hoy en El Mercurio.

Discurso del 21 de mayo

Señor Director:

Muchos criticaron que a la campaña de Sebastián Piñera le faltó una narrativa potente y propia. Este defecto también estaría presente en la agenda de su actual gobierno, que se ha preocupado más de asegurar la eficiencia a lo largo del ciclo de las políticas públicas que con declaraciones tajantes sobre impactos públicos deseados.

Así pues, el gobierno de Sebastián Piñera pareciera estar más inclinado hacia la formulación e implementación de soluciones eficaces, efectivas y eficientes que en la determinación de impactos deseados que tanto le reclaman sus adversarios.

Sin perjuicio de lo anterior, cobra importancia destacar que el 21 de mayo es el momento clave para proyectar la narrativa sobre los impactos que el Gobierno desea generar y comunicarlos con mucha claridad a los miembros de la Coalición por el Cambio, a los ciudadanos y a la oposición.

En este sentido, más que exclusivamente hacer una lectura árida de un listado de variadas soluciones técnicas a ser implementadas por el Gobierno, el Presidente Piñera debe aprovechar su discurso para describir y comunicar solamente dos o tres impactos deseados, no más. Esta opción le permitirá forjar un nuevo espacio de intención estratégica y alineamiento político detrás de su liderazgo para este nuevo ciclo político.

Ha llegado la hora de que el Presidente comunique con mucha convicción la visión de sociedad de oportunidades, seguridades, valores e instituciones que se comprometió a construir durante la campaña.

Rafael Pastor
Profesor Escuela de Gobierno y Gestión Pública
Universidad de Chile

martes, 11 de mayo de 2010

El regreso de la política industrial - Dani Rodrik

2010-04-12 CAMBRIDGE – El Primer Ministro británico, Gordon Brown, la promueve como medio para crear empleos muy especializados. El Presidente francés, Nicolas Sarkozy, habla de utilizarla para mantener empleos industriales en su país. El economista jefe del Banco Mundial, Justin Lin, la apoya claramente para acelerar el cambio estructural en las naciones en desarrollo. McKinsey está asesorando a los gobiernos sobre cómo hacerlo correctamente.

La política industrial está de vuelta.

De hecho, la política industrial nunca pasó de moda. Los economistas entusiastas del neoliberal Consenso de Washington pueden haberla descartado, pero las economías de éxito siempre han confiado en las políticas estatales que fomentan el crecimiento acelerando la transformación estructural.

China es un ejemplo. Sus fenomenales proezas manufactureras se deben en parte a la ayuda pública a las nuevas industrias. Las empresas de propiedad estatal han hecho de incubadoras de aptitudes técnicas y talento en materia de gestión. Las prescripciones relativas al contenido local han originado la aparición de industrias productivas proveedoras de productos para los sectores del automóvil y de la electrónica. Unos generosos incentivos de la exportación han ayudado a las empresas a introducirse en los mercados mundiales.

Chile, calificado con frecuencia de paraíso del libre mercado, es otro ejemplo. El Estado ha desempeñado un papel decisivo en el desarrollo de todas las nuevas exportaciones importantes que produce el país. Las uvas chilenas se introdujeron en los mercados mundiales gracias a actividades de investigación e innovación que contaban con financiación pública. Los productos de la silvicultura contaron con fuertes subvenciones de no otro que el general Augusto Pinochet y la industria del salmón, que tanto éxito ha tenido, es una creación de la Fundación Chile, fondo de capital de riesgo casi público.

Pero, en materia de política industrial, los Estados Unidos son los que se llevan la palma. Resulta irónico, porque el término “política industrial” es anatema en el lenguaje político americano. Se usa casi exclusivamente para intimidar a oponentes políticos con acusaciones de designios económicos estalinistas.

Sin embargo, los Estados Unidos deben gran parte de sus proezas innovadoras al apoyo gubernamental. Como explica el profesor de la escuela de Administración de Empresas de Harvard Josh Lerner en su libro Boulevard of Broken Dreams (“Bulevar de sueños defraudados”), los contratos del Departamento de Defensa de los EE.UU. desempeñaron un papel decisivo en la aceleración de Silicon Valley en sus primeros tiempos. La red Internet, posiblemente la innovación más importante de nuestro tiempo, fue consecuencia de un proyecto del Departamento de Defensa iniciado en 1969.

Tampoco la aceptación de la política industrial por parte de los Estados Unidos es sólo un asunto de interés histórico. En la actualidad el Gobierno Federal de los EE.UU. es el mayor capitalista de riesgo del mundo. Según The Wall Street Journal, tan sólo el Departamento de Energía de los EE.UU. se propone gastar 40.000 millones en préstamos y subvenciones para alentar a las empresas privadas a desarrollar tecnologías verdes, como, por ejemplo, coches eléctricos, nuevas baterías, turbinas eólicas y paneles solares. Durante los tres primeros trimestres de 2009, las empresas de capital de riesgo privadas invirtieron menos de 3.000 millones en total en ese sector. El Departamento de Energía invirtió 13.000 millones.

Así, pues, el cambio a la aceptación de la política industrial es un reconocimiento digno de beneplácito de lo que los analistas sensatos del crecimiento económico siempre han sabido: el desarrollo de nuevas industrias requiere con frecuencia un impulso gubernamental, que puede adoptar la forma de subvenciones, préstamos, infraestructuras y otras clases de apoyo, pero, si rascamos la superficie de cualquier nueva industria de éxito en cualquier parte, lo más probable es que encontremos por debajo ayuda gubernamental.

La verdadera cuestión en materia de política industrial no es la de si se debe aplicar, sino cómo. Veamos tres principios importantes que conviene tener presentes.

En primer lugar, la política industrial es un estado de ánimo más que una lista de políticas concretas. Los que la aplican con éxito entienden que es más importante crear un clima de colaboración entre el Gobierno y el sector privado que facilitar incentivos financieros. Mediante consejos deliberantes, foros de desarrollo de proveedores, consejos consultivos en materia de inversión, mesas redondas sectoriales o fondos privados y públicos de capital de riesgo, la colaboración va encaminada a obtener información sobre oportunidades de inversión y cuellos de botella, lo que requiere un gobierno encaminado –no encamado– junto con el sector privado.
En segundo lugar, la política industrial debe recurrir tanto a las zanahorias como a los palos.

Dados sus riesgos y el desfase entre sus beneficios sociales y privados, la innovación requiere rentas: rendimientos superiores a los que brindan los mercados competitivos. Ésa es la razón por la que todos los países tienen un sistema de patentes, pero los incentivos permanentes tienen sus costos: pueden aumentar los precios al consumo y acumular recursos en actividades improductivas. Ésa es la razón por la que las patentes tienen un plazo de expiración. Se debe aplicar el mismo principio a todas las medidas gubernamentales en pro de la creación de nuevas industrias. Los incentivos gubernamentales deben ser temporales y estar basados en los resultados.

En tercer lugar, quienes aplican la política industrial deben tener presente que va encaminada a servir a la sociedad en general, no a los burócratas que la administran ni a las empresas que reciben incentivos. Como protección contra el abuso y la acaparación, se debe aplicar la política industrial de forma transparente y responsable y sus procesos deben admitir a nuevos concurrentes, además de los establecidos.

La acusación habitual contra la política industrial es la de que los gobiernos no pueden saber quiénes triunfarán. Claro que no pueden, pero eso carece en gran medida de importancia. Lo que determina el éxito en materia de política industrial no es la capacidad para reconocer a los triunfadores, sino la capacidad para abandonar a los perdedores, requisito mucho menos exigente. La incertidumbre garantiza que incluso políticas óptimas provoquen errores. La cuestión es que los gobiernos reconozcan esos errores y retiren su apoyo antes de que resulten demasiado costosos.

Thomas Watson, el fundador de IBM, dijo en cierta ocasión: “Si quieres triunfar, aumenta tu tasa de errores”. Un gobierno que no comete errores al fomentar la industria es el que comete el error mayor de no esforzarse lo suficiente haciendo intentos.

Dani Rodrik, profesor de Economía Política en la Escuela John F. Kennedy de Políticas Públicas de la Universidad de Harvard, ha sido el primer ganador del premio Albert O. Hirshman del Consejo de Investigaciones de Ciencias Sociales. Su último libro es One Economics, Many Recipes: Globalization, Institutions, and Economic Growth (“Una economía y muchas recetas. Mundialización, instituciones y crecimiento económico”).
En este enlace puede encontrar un podcast de este artículo: http://media.blubrry.com/ps/media.libsyn.com/media/ps/rodrik.42.mp3

viernes, 7 de mayo de 2010

Asociación Ilícita y Propiedad Intelectual


La piratería genera externalidades negativas para las empresas, los consumidores y el estado. En efecto, a los primeros les diluye la fuerza distintiva, el valor comercial y publicitario de sus marcas, mientras que a los segundos les genera un impacto perjudicial para su salud y patrimonios, especialmente en sectores como el farmacéutico, eléctrico y tabacalero.

Los estados se ven también afectados por este flagelo al ver mermados sus ingresos tributarios por la evasión que genera la piratería por uno lado, y por el otro deben lidiar con el aumento del gasto público que implica el combate al crimen organizado de la piratería.

En este sentido resulta una buena noticia que la Ley 20.435 que modifica la Ley 17.336 sobre Propiedad Intelectual haya incorporado una agravante a los actos de piratería, cuando el responsable de los delitos haya formado parte de una agrupación o reunión de personas para cometer los mismos, sin necesariamente incurrir en los delitos de asociación ilícita tipificados en el artículo 292 del Código Penal y otras leyes especiales.

Es sabido que la piratería nunca se ha podido combatir adecuadamente recurriendo al delito de asociación ilícita puesto que su tipo penal describe una conducta que es muy difícil de probar, ya que como reconoce la Corte Suprema (sentencia de fecha 19 de noviembre de 2002 - rol Nº 1183-02): “…el delito de asociación ilícita contemplado en la Ley 19.366 debe estar constituida por dos o mas personas cuyas voluntades convergen para constituir un cuerpo organizado jerárquicamente, dirigido por uno o mas jefes, con reglas y directivas que deben acatar y hacer cumplir disciplinadamente (entre ellas el sigilo), con carácter mas o menos permanente en el tiempo, con la finalidad de cometer uno o mas de los delitos que contempla la ley 19.366.”

En consecuencia, cabe manifestar que esta reforma genera una agravante que constituye un desincentivo importante para los piratas, ya que permite castigar con mayor rigor punitivo a los individuos que se agrupen o reúnan para cometer los ilícitos que la ley describe, sin tener que recurrir al exigente artículo 292 del Código Penal.

Rafael Pastor
Abogado
Cruzat, Ortúzar & Mackenna (Baker & Mckenzie)