lunes, 23 de julio de 2007

Comparto con ustedes una muy buena columna sobre los acontecimientos deportivos acontecidos en Canadá por la Sub 20.



Perdón, pero...

FELIPE BIANCHI LEITON

Con el tiempo uno se va poniendo más desconfiado. Con los años aprende a no creerle, de buenas a primeras, a esos "periodistas" que más que profesionales son hinchas. Usted sabe: esos que pierden rápido el rigor y la compostura, que lloran en cámara cuando ganamos y descubren sucias confabulaciones contra Chile cuando perdemos.

Tampoco es fácil creerle a los enviados especiales que sólo entrevistan a una parte de los involucrados: a los "nuestros" casualmente. Jugadores, técnicos, dirigentes, abuelitas, mamás, primos, pololas, barristas, tipos disfrazados de Condorito, chilocos varios. Todos chilenos. Ni un gringo. Debe ser porque nuestros reporteros en general no hablan inglés y, por defecto, prefieren como fuente a la señora Luchita, de Copiapó, antes que a los policías canadienses, las autoridades de Toronto, los encargados del estadio o los representantes de la FIFA.

Usted me va a perdonar, pero yo no soy hincha. Y tampoco me interesa ser amigo de nadie. Cuando trabajo, más que chileno soy periodista. Para eso me pagan. Dicho esto, déjeme apuntar, ante la ceguera generalizada, que la reacción de la policía canadiense contra la Sub 20 de Sulantay quizás fue desmedida y a lo mejor fue injustificada. Quizás, a lo mejor. Puede ser... aunque hasta ahora nadie lo ha comprobado fehacientemente. De todos modos, con el mayor cariño y respeto, la desproporción de buena parte de la prensa deportiva, de los futbolistas, los técnicos y los dirigentes chilenos, la absoluta incapacidad para analizar más y exaltarse menos en estos días, resulta todavía más grave y bochornosa. Se parece mucho, demasiado, al ambiente vivido durante esa mayúscula vergüenza profesional -para todos- que fue el Maracanazo.

De acuerdo a lo visto en los últimos días en los noticieros locales, convertidos en verdaderos centros de chauvinismo desquiciado, todo indica que tanto en las canchas como en las salas de prensa muy pocos aprendieron la lección. Quizás los diarios sean los únicos que se salvan.

Pensemos un poco, un poco no más: ¿justo se volvió loca ante los chilenos la Policía de Toronto? ¿Porque sí, a pito de escopeta? ¿La misma policía que no se había vuelto loca nunca antes en los treinta días previos? Mire la casualidad ¿O será que esos mismos chilenos que quince minutos antes estaban absolutamente descontrolados dentro de la cancha, al punto de tratar de pegarle a los rivales y al árbitro, algo tuvieron que ver en el descriterio generalizado? Resulta muy burdo y nacionalista (valga la redundancia) creer que este es un caso de malos-policías-rucios abusando de pobrecitos-pinganillas del tercer mundo.

Seamos razonables. En cualquier país desarrollado, normal, moderno, si uno le desobedece a la policía le sacan la cresta. Hacia eso ha avanzado la humanidad. Lo normal no es responder "qui te pah, paco agilao" y lanzarles manotazos. Eso no se acostumbra. Salvo en Chile.

Seamos justos, además: por historia, por antecedentes, hay más razones para desconfiar de un grupo de futbolistas chilenos que de la policía de Toronto. El fútbol chileno tiene la hoja de vida mucho más sucia. Hay que investigar lo que pasó, de acuerdo. Hay que analizar los grados de violencia policial. Ok. Pero concordemos en que, mientras tanto, no hay que creerle a pie juntillas a los futbolistas chilenos. Ya nos han engañado lo suficiente.

Sin contar las recientes ordinarieces de Puerto Ordaz o Dublín, los futbolistas chilenos han sido castigados en el último tiempo, entre otras cosas, por ¡falsificar pasaportes! en el Sudamericano Sub 20 de Paraguay (1979), por ¡apuestas ilegales! en el Mundial Sub 20 de Qatar (1995) y por ¡el hecho delictual más grave en la historia del fútbol mundial!, el escándalo de Roberto Rojas en el Maracaná (1989). No es poco.

Hoy se habla de racismo. Antes de persecución o, como dijo en su época un marinero muy primitivo, de la "inferioridad intelectual del pueblo brasileño". Antes le tirábamos piedras a la embajada de Brasil, ahora a la de Canadá.

¿No es obvio que el mínimo común denominador somos nosotros? ¿O los sillazos contra los argentinos en la Copa Davis -que nos costaron cuatro años de castigo- fueron una señal de inteligencia? ¿O los castigos al estadio de Calama el 2002, al Monumental el año pasado, al Teniente en 1980, al Nacional el mismo 89, todos por agresiones a los visitantes, fueron injusticias, puras injusticias porque todo el mundo nos tiene envidia?

Los jugadores de la Sub 20 -por favor, dejen de decirle niños, no son niños, tienen edad para votar, para casarse, para ir a la guerra, para tener hijos sin preguntarle a nadie; son adultos según la ley- merecían otro final, seguramente.

Más allá de haber estado acelerados ante Argentina... por lo cual terminaron perdiendo con entera justicia, ya que el arbitraje fue más pavo que malo. Más allá de haberle contestado una y otra vez el celular a Petaccia y al Chico Pérez... todo un signo de debilidad y desajuste. Más allá de ir a la peluquería para teñirse el pelo rojo... emblema dramático y decidor, tanto como el chicle de Valdivia. Más allá de lo dicho en la charla previa del equipo argentino, contado por un periodista trasandino amigo, presente ahí -"ojo, que estos chilenos son buenos para el fútbol, pero son todos tontos, en media hora los tenemos fuera de si"- más allá de todo eso, la Sub 20, por su esfuerzo, merecía otro final (me salto el partido por el tercer puesto ya que es una mera anécdota al lado de esto otro).

Un final no sólo menos brutal. Más digno también. Sin este circo inaceptable. Sin tanto patriotismo barato. Y sin la actitud oportunista, mediocre, predecible y ordinaria de buena parte de los miembros de la clase política, que en una muestra de irresponsabilidad impresionante, en vez de investigar lo que pasó en Toronto, prefirieron convertirse en simples hinchas y adherir de inmediato, por conveniencia, a la "indignación nacional". Pelmazos.